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Medicina hipocrática: RIP


Este artículo del profesor Fernando Sánchez Torres, muestra una perspectiva -diríase orwelliana- en lo que tristemente se ha convertido la que otrora fuera la digna profesión médica. Y digo RIP, recordando a Jacques Atali, quien en su momento en su obra El orden caníbal, planteaba que el futuro de aquella época (hoy) no iba a contar con médicos.
Ya está pasando.  Y otro montón de detonantes, que ya se ven como los administrativos, burocráticos, gerenciales, la presión legal, el no poder curar ya que ni siquiera hay tiempo para consolar, harán que los rescoldos de medicina clásica, se vayan sumiendo poco a poco en la sombra del pasado.
Instancias legales son las que definen ahora que tipo de enfermedades existen o no pueden existir y que tipo de situaciones “tienen” que salir de determinada forma.  La obstetricia, la cirugía plástica, se han vuelto especialidades de alto riesgo jurídico. Entidades regulatorias ahora son las que dictan para que sí y para que no se puede usar un medicamento. Entidades administrativas con una infinita malla burocrática en horario de oficina define cuando se autoriza un procedimiento, un medicamento, mientras el doliente solo espera lo que la naturaleza generalmente suele deparar en un caso de gravedad. E instancias aseguradoras con la prerrogativa de la “eminencia gris”.
Vivimos inmersos en una enorme paradoja, de contar con la mayor cantidad de información y la menor cantidad de sabiduría. De poder hacer diagnósticos tan difíciles, y de contar paralelamente con la complejidad administrativa que busca eficiencia gerencial sin tener en cuenta al enfermo como protagonista.
30 de marzo 2017 , 12:00 a.m.
Siempre he sostenido que el médico debe ser alguien de primera clase para cumplir una misión también de primera clase, por lo noble y lo compleja. Siendo así, además de poseer verdadera vocación y virtudes especiales (como la compasión y la disposición de servir al otro), requiere estar revestido de una sólida preparación profesional, sin la cual difícilmente llegará a constituirse en un médico de primera clase.

La anterior introducción la motiva la preocupación que me asiste al contemplar la desfavorable situación que en el país vienen atravesando mis colegas en ejercicio, sobre todo los de las últimas generaciones. Ejercer hoy la medicina en Colombia sin dar traspiés y padecer es una hazaña, reconociendo que siempre ha sido difícil hacerlo, más aún si la aspiración es sobresalir.

Las dificultades comenzaron cuando la profesión dejó de ser liberal y la salud pasó a depender de las políticas estatales. El médico hubo de enrolarse en calidad de funcionario y subsistir con un salario. La nueva modalidad de ejercicio tenía y tiene a su haber el tratarse de un servicio social a favor del bien más preciado de toda persona: la salud. Tal circunstancia ha sido aprovechada por los empleadores para explotar al médico mediante contratos leoninos, sin estabilidad laboral, sin derecho a la seguridad social y con remuneraciones arbitrarias, alejadas de toda consideración. Muchos actos médicos tienen estipendios inferiores a los que recibe una manicurista por arreglar las uñas.

Al tiempo que el médico ha venido perdiendo estatus frente a la sociedad, su responsabilidad ante las instancias judiciales se ha incrementado.

A lo mencionado se agrega la competencia profesional, originada en la producción desbordada de médicos, producto de la alegre creación de escuelas de medicina y que ha traído consigo no solo un problema cuantitativo, sino también –que es lo más grave– uno cualitativo. En los sectores académico y gremial de la profesión hay preocupación por la falta de preparación de buena parte de los nuevos médicos que semestralmente son lanzados al mercado, pues no son garantía para la sociedad a la que van a servir. Los deslices y embarradas de esos galenos de pacotilla le han venido haciendo también mucho daño a la profesión, pues los pacientes ven ahora a todos los médicos con ojos de desconfianza y los califican de profesionales de tercera.

Al tiempo que el médico ha venido perdiendo estatus frente a la sociedad, su responsabilidad ante las instancias judiciales se ha incrementado. El ejercicio de la medicina se ha convertido en una actividad de alto riesgo, judicializada, como que los pacientes –asesorados por abogados– demandan a diario a sus médicos por supuestos o evidentes malos resultados. Además, las sentencias de las altas cortes y los fallos de los jueces suelen meter en cintura la autonomía médica al ordenarles cómo actuar frente al enfermo.

Como si fuera de poca monta el efecto adverso que acarrea la explosión de médicos, ahora se suma otro ingrediente, de progresiva ocurrencia: el ingreso al país de curadores cubanos y venezolanos que, con la anuencia y quizás con la complacencia de las autoridades respectivas, vienen en busca de mejores oportunidades, y las encuentran.

Frente a este panorama pesaroso, considero que tengo razón cuando en las ocasiones que se me brindan para recibir a quienes ingresan al programa de medicina en la Universidad Nacional les hablo sobre el porvenir que les espera. Para ello tomo prestada la recomendación del médico suizo Jacob Laurenz Sonderegger, citada por Kurt Pollak en su libro La medicina: “No aconsejes a nadie que se haga médico. Si, no obstante, él (o ella) quiere serlo, hazle insistentes e incisivas advertencias, pero cuando él (o ella) se empeñe a pesar de todo, dale tu bendición, pues por poco que valga la necesitará”.

FERNANDO SÁNCHEZ TORRES

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