Consecuencias sociales del cerebro y la mente


Consecuencias sociales del cerebro y la mente

Ires y venires de la medicina moderna

ALEJANDRO MELO FLORIÁN M.D.
Especialista en Medicina Interna
Bogotá D.C. – Colombia


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Durante los tres últimos siglos la finalidad de los estudios biológicos y médicos fué la comprensión y asimilación memorística de la anatomía, la fisiología y la patología del cuerpo propiamente dicho, en un marco de visión cartesiana, donde la mente era un objeto abstruso, idea que Fantoni describe como “(de) obscura textura, obscuriores morbi, functiones obscurissimae” de modo que el concepto de humanidad con que la medicina realiza su trabajo es uno incompleto, amputado.

Concepción de enfermedad mental 
    La visión cartesiana de la humanidad en los últimas tres centurias fué la causa de que los estudios sobre la mente fueran en gran parte interés de la religión y la filosofía. Cuando la mente se volvió el objeto de estudio de la psicología y la psiquiatría, no llegó a tener vínculos con la medicina y la biología sino hasta hace muy poco tiempo, cuando los diferentes marcos conceptuales de estas disciplinas empezaron a tener más puentes.
Este marco preliminar sirve de alguna forma para explicar porque los estudios de la biología y la medicina se enfocaban en la comprensión de la fisiología y la patología del cuerpo dejando de lado en muchos casos las enseñanzas sobre la mente normal, y limitando el horizonte de las consecuencias de las enfermedades del cuerpo sobre la mente, si alguna vez recibieron consideración, así como la aceptación de que las perturbaciones psicológicas leves o intensas pudieran causar enfermedades al cuerpo, cosa que la sabiduría popular ya entreveía cuando decía que la pena, la preocupación o la ira excesivas producían úlceras, infartos cardíacos, y aumentaban la propensión a las infecciones. 
    Muchos médicos destacados en su práctica no solamente comprenden bien el conocimiento médico de su tiempo, sino que también comprenden al ser y su conflicto. Pero nos engañamos cuando creemos que tal actuación es la norma de la práctica médica en el mundo occidental.
    Una visión distorsionada del organismo humano, en que la mente es prácticamente pasada por alto, combinada con un crecimiento siempre en aumento de los conocimientos y la necesidad de especialización, conspira para aumentar la inadecuación de la medicina, en lugar de reducirla.
La medicina no necesita de los problemas adicionales que proceden de contemplar sus implicaciones económicas, que desafortunadamente son subrayadas con una frecuencia creciente, pero los está teniendo y lo que harán es que empeorarán la ya deteriorada relación médico-paciente.
Lynn Hoffman -citada por el terapeuta argentino José Bebchuk- refiere en su obra de “Bases teóricas de la terapia familiar” algunos puntos que si bien los refiere en función de un contexto familiar, son aplicables al campo de la medicina sobre la base de un objetivo común: la terapia.
Refiere Hoffman[1] que la terapia debe estar caracterizada por: 
 
·       Postura de observador.

·       Desarrollo de una relación de colaboración en vez de una relación jerárquica.

·       En cuanto a las metas, se subraya la información de una contexto para el cambio

·       Precaución ante el exceso de instrumentalidad, intrusividad e intervencionismo.

·       Conveniencia de transmitir una visión no peyorativa, no enjuiciadora, porque a la gente se le hace difícil cambiar cuando está sometida a la presión de connotaciones negativas. 

Lynn Hoffman
 Crédito de imagen:
    Ya sea que su ámbito de preocupaciones sea el campo de lo corporal o de lo mental, es necesaria una síntesis, de acuerdo a lo propuesto por Marilyn Fergusson, “ambos puntos de vista tienen que encontrarse y fundirse y su fusión se dará más profundamente que en los demás, en los médicos de práctica general” [2]. Siguiendo a Hoffman, en la terapia no hay un enfrentamiento con un problema, sino que existe una conversación sobre un problema, entorno que promueve la colaboración.
    Hay mucha diferencia entre un científico que “hunde botones” de máquinas de avanzada tecnología -y naturalmente útiles- y aquel que valiéndose de esta parafernalia instrumental no olvida que el paciente es un personaje de la vida real, inserto en el tejido social con un consciente y un subconsciente, con distintos niveles de cultura, holón individual en el alma colectiva de la comunidad al que cada médico debe interrogar, examinar y entender.
 José de Letamendi
Barcelona, 1828 – Madrid, 1897
Crédito de imagen:
El agudo José de Letamendi, tutor de Ramón y Cajal, decía que “quien sólo medicina sabe, ni siquiera medicina sabe”. Afortunadamente para la práctica médica moderna, aunque escasos, todavía existen médicos de conducta paradigmática en los aspectos de compasión y cuidado, en quienes se produce una fructífera alianza entre el humanista y el clínico, que beneficia al enfermo cuando de algún modo “la enfermedad se reconoce descubierta y sentenciada”.
Estas figuras señeras transmiten un mensaje con su “opus magnum” de que cada individualidad inmersa en el rol de un tejido social, tiene unas circunstancias y otras individualidades que le ayudan a interpretar su papel y de alguna forma, determinan que aparezca o no la enfermedad. El personaje en medicina debe seguir siendo el paciente [3].
En siglos pasados la medicina consistía principalmente en amputaciones, morfina y un primitivo vademécum que generalmente resultaba más deletéreo que eficaz. Por ejemplo, la epidemia de influenza de 1918 segó en varios meses veinte millones de vidas, una cantidad mayor a todos los que fallecieron por causa de la Primera Guerra Mundial.
    Los posteriores y espectaculares avances en el área de la microbiología clínica y de la antibioticoterapia permitieron vencer diferentes clases de enfermedades, como la temida lúes, de la que alguna vez se llegó a decir que “si no le temes a Dios, témele a la sífilis”. Por primera vez en muchos siglos, la esperanza de vida se logró aumentar.
    Pero la medicina del siglo XX no pudo hacer mucho para aumentar el promedio de vida de los seres humanos, que por primera vez en tres o cuatro milenios llegó hasta la octava década. La mayor comprensión de nuestro tiempo acerca de los trastornos mentales, parte de dos amplias bases, por una parte, de como funcionan el cerebro y el psiquismo humano que requiere de un prolongado y especializado estudio y de otra parte, de una alta sensibilidad y deseo de ayuda para con otros seres humanos.
    A las ciencias biológicas les tomó mucho tiempo aceptar estas relaciones y dejar la vieja precupación por el poder en cuanto quien es el experto y quien tiene la razón, e iniciar las investigaciones sobre estas afirmaciones de la sabiduría popular. El olvido de los aspectos relativos a la mente ha retrasado el impacto potencial que posiblemente un conocimiento profundo de la biología de la mente podría haber tenido en los asuntos humanos.
    Si bien esto no pretende que la neurobiología pueda “salvar el mundo”, si pretende que de alguna forma el conjunto de conocimientos sobre los seres humanos puede ayudarnos a encontrar mejores formas para la gestión de los asuntos humanos, cuando ya los seres humanos han entrado más de lleno en una fase pensante de su evolución, en que su mente y su cerebro pueden ser a la vez esclavos y dueños del cuerpo y de las sociedades que constituyen.
    En la medida de finalizar la década del cerebro, que dió su inicio en 1990 y con un mapa casi completo del genoma humano a la vista, -al llegar a una porción más ascendente en la espiral del conocimiento científico de la naturaleza humana representada en dos barreras consideradas tradicionalmente infranqueables, el sistema nervioso y el genoma-, ha hecho necesario el plantearse el cúmulo de diferentes significados del vasto crecimiento en el conocimiento sobre el sistema nervioso y el cerebro.
    
    Una de las consecuencias a nivel práctico de la integración de estos nuevos conocimientos con el marco ecléctico tradicional de la psiquiatría en los campos biológico, psicológico y sociológico, es la aparición de nuevos sistemas conceptuales unificados que inevitablemente producirán un cambio de la práctica psiquiátrica , psicológica y la introducción de nuevos status legales para los enfermos mentales.
En el marco de la enfermedad mental, la “antipsiquiatría” de autores como Laing, Cooper y Szaz, surgió como consecuencia al introducir en el campo psiquiátrico una tendencia opuesta a la cultura de la época, en el marco de una psiquiatría llena de comprensión y eficacia para con sus enfermos, -con magníficos resultados en la curación médica y la rehabilitación social-, cuyo talón de Aquiles venía dado por los enfermos psicóticos.
Estos pacientes -caracterizados por no mantener un contacto con la realidad- recibían una asistencia impropia de estos tiempos, en una situación de indignidad y hacinamiento, encarnando la figura de un Prometeo encadenado, siendo lo encadenado no pocas veces un doloroso símil.
El significado profundo de la antipsiquiatría es que el paciente es susceptible de convertirse en “cabeza de turco” del “establishment” social, que no permite que un ser humano piense o actúa más allá de los límites impuestos por las agencias de represión social [4]. La antipsiquiatría es positiva en la medida en que contesta a una psiquiatría deficiente, pero es negativa cuando niega la existencia de la enfermedad psíquica y pone el enfermo al servicio de una ideología sociopolítica [5].

 

    La próxima revolución médica se encargará de prolongar la actual esperanza de vida, por el potencial que tiene la ingeniería genética para conquistar el cáncer, bloquear el desarrollo de vasos sanguíneos en los tumores con diferentes anticuerpos monoclonales, crear nuevos órganos a partir de células originarias y tal vez reprogramar la codificación genética.
Se han descubierto las anormalidades genéticas -y la consiguiente producción de proteínas anormales- responsables de enfermedades neurodegenerativas como la corea de Huntington y la enfermedad de Alzheimer en las cuales los procesos moleculares alterados culminan en una devastadora muerte neuronal y trastornos funcionales, responsables de la enfermedad; igualmente se ha dicho que los genes pueden ser marcadores están asociados con trastornos como esquizofrenia o depresión bipolar.
    Sin embargo, la tendencia a considerar algunas complejidades de la conducta humana como la orientación sexual, pobre desempeño escolar, alcoholismo, adicción a drogas, conducta criminal, antisocial e impulsiva, la religiosidad, la tendencia al divorcio y hasta el comprar compulsivamente como exclusivamente de determinación genética, excluyendo tales fenómenos de la dialéctica entre el individuo y la estructura social, tiene importantes implicaciones, una de ellas el llamado “determinismo neurogenético”, concepto introducido por Steven P. R. Rose, del “Grupo de Investigación de Cerebro y Conducta” del Reino Unido [6]
    Uno de los planteamientos que propone el determinismo neurogenético es el de que los problemas sociales como la violencia y el alcoholismo limitarían la búsqueda de sus soluciones solamente al campo de la investigación molecular, en lugar de reformar la sociedad, desconociendo el rol del modelo epigenético que por ejemplo parece darse también en la sociopatía, de acuerdo a estudios en hijos de padres antisociales.
    Cuando estos “problemas” se circunscriben desde un punto de vista práctico al campo de lo genético, los entes gubernamentales pueden evitar asumir los duros problemas de la ingeniería social favoreciendo los programas de investigación molecular. No es que estos programas no sean útiles, sino que deberían existir en conjunto con las alternativas de mejora social.
    Es fácil considerar que conglomerados familiares de pocas oportunidades, con hacinamiento, numerosa descendencia tuvieran estas características por tendencias hereditarias de poca inteligencia y adaptación social: pero el desarrollo de marcos conceptuales que aceptan que muchas incapacidades pueden atribuirse a circunstancias sociales adversas -resultando por consiquiente en influencias deletéreas en el neurodesarrollo- es un punto de partida para una mejor asignación social de servicios como educación, trabajo, salud que mejore la vida de los niños de este segmento social.La contribución de la psiquitría, la psicología y la sociología es estudiar como romper estos ciclos de privación para que por los mecanismos adecuados -estatales, institucionales, etc- los padres se conviertan en más humanos y afectivos.

 

    Una de las situaciones que se plantearán con la manipulación del genoma es la de la elección de rasgos fenotípicos en los hijos: desde escoger su sexo, hasta manipular su coeficiente intelectual y su habilidad atlética. El dilema que surgirá de estas manipulaciones se hará necesario manejar con la noción moral propuesta en uno de los imperativos categóricos de Kant: “tratar a cada persona como individuo y no como un medio para conseguir un fin”. No instrumentalizar al otro. Siendo consecuentes con este precepto, se propone un rechazo de la clonación humana, puesto que supone el uso de seres humanos como fines para conseguir los fines de otros seres humanos: la clonación implicaría que los clones se valorarían solamente como copias de otros seres queridos o como conjuntos de partes del cuerpo y no como individuos en sí.

    Fuera del determinismo neurogenético, los dilemas de la clonación, la invención de nuevas categorías diagnósticas es un fenómeno que ha “medicalizado” la vida diaria. Véamos esto con más detalle: existe una condición denominada trastorno por déficit de atención, en el cual los niños exhiben lo que se considera una conducta de malcrianza en la casa, y son indisciplinados y tienen problemas de aprendizaje en la escuela. Adicionalmente se supone que los niños con este trastorno pueden llegar a tener conducta antisocial y criminal en la adultez. Sin desconocer el hecho que algunos niños pueden tener este trastorno, y que en el pasado su situación podría haberse adscrito a factores ambientales como pautas de crianza insuficientes, pobreza, falta de escolaridad, profesores no adecuados, ahora el nuevo marco conceptual busca el origen del trastorno en el genoma del propio afectado. La antipsiquiatría, en un modo semejante al que propone el determinismo neurogenético, trata de mostrar que los procesos sociales interactivos y complejos no pueden ser reducidos a las propiedades de neurotransmisores individuales o genomas alterados, aunque la tentación de hacerlo sea grande. 

Referencias


[1] &  Hoffman, Lynn: Bases Teóricas de la Terapia Familiar. En: Bebchuk J: La conversación terapéutica. Emociones y significados. Editorial Planeta. Buenos Aires, 1994 

[2] &  Fergusson M: La Conspiración de Acuario. 4ª Edición. Editorial Kairós, Barcelona, España. 1990.

[3] &  Gómez, A: La medicina del amor. Colombia Médica 1986; 17 (4): 212-213

[4] &  Brainsky S: Manual de Psicología y Psicopatología Dinámicas – Fundamentos de Psicoanálisis. Editorial Pluma, Bogotá, 1984.

[5] &  Alonso-Fernández, F: Compendio de Psiquiatría. Oteo. Madrid, 1978.

[6] &  Rose, SPR: Neurogenetic determinism and the new euphenics. British Medical Journal 1998; 17: 1707-1708

Ver también el vínculo http://knol.google.com/k/mente-autoconsciente-y-conciencia#

Comments

Método Doman

http://estimulacionydesarrollo.blogspot.com/
Muy interesante para manejo de autismo, según método Doman.
Last edited Nov 6, 2011 3:18 PM

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